¿Por qué impugné el proceso de elección de consejeros electorales?

En los últimos días de junio de los corrientes se publicó la Convocatoria para selección y designación a los cargos de consejero presidente y consejeros electorales del Organismo Público Local en el Estado de Morelos. Los aspirantes que nos registramos y cumplimos con los requisitos legales de la misma Convocatoria fuimos citados el 2 de agosto de 2014 en el Tecnológico de Monterrey campus Morelos para presentar un examen de conocimientos elaborado por el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior, A.C.
De los resultados de dicho examen surgió una lista de 25 hombres y 25 mujeres que pasaron a la siguiente etapa que consistía en un ensayo presencial en el mismo lugar, pero el 23 de agosto de 2014. Antes de presentarme al ensayo hubo ciertos acontecimientos que influyeron en la percepción de que los dados estaban cargados.
El 20 de agosto de 2014, el oficialista Diario de Morelos publicó un comentario editorial en la columna denominada “Palacio de Cortés” en la que dice lo siguiente:

ENTRE LOS que han intentado desestabilizar a Morelos pintando un escenario infernal a causa de hechos delictuosos, por enésima vez ha fallado el plan de colocarse en espacios de toma de decisiones. Verán:

Gerardo “Chabelito” Becerra Chávez y sus afines no han cuajado bien una marcha, no han juntado los miles y miles de firmas que han mendigado y ahora tampoco tienen lugar para arbitrar elecciones.

Uno de ese grupo hizo examen para ser consejero y, por qué no, ir por el presupuesto del nuevo organismo electoral para Morelos, pero sacó malas calificaciones. Así, no se descarte otra marcha por lo anterior.

En una obvia alusión a mi persona, por ser el único miembro de la lista que además pertenece a la Coordinadora Morelense de Movimientos Ciudadanos, dicen que saqué malas calificaciones y no entiendo porqué lo afirman ya que salí por encima de la media en Morelos. Si hubiera sacado malas calificaciones, no habría pasado a la siguiente etapa. Así de sencillo.
El 21 de agosto de 2014, el semanario Proceso publica una nota titulada “Acusan a presidente del INE de intentar manipular elecciones de la UNAM y el DF” en la que se reporta que el diputado federal del PRD, Carlos Reyes Gámiz, “acusó al al consejero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), Lorenzo Córdova Vianello, de intentar influir en dos procesos de elección: el del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y el de consejeros electorales locales.”
El 22 de agosto de 2014, un día antes de presentarnos a la elaboración del ensayo, varios diarios de Morelos dieron cuenta de la reunión entre el gobernador del Estado y el consejero presidente del INE en el contexto del “Diálogo Público del IFE al INE: ¿Avance o retroceso?”
Por si mis sospechas no fueran pocas, el 23 de agosto de 2014, durante la aplicación del ensayo, los encargados de aplicarlo le piden a los aspirantes registrar sus nombres en los ensayos en lugar del número de folio que previamente nos habían asignado. No sé si fue un descuido del INE o del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM el prever, siendo previsible, que los aspirantes no llevarían su número de folio a la aplicación del ensayo. Los lineamientos para la aplicación y dictamen de los ensayos prescribían que se identificaría el ensayo con el número de folio y que se imprimirían dos tantos del ensayo; uno con firma que quedaría en manos del INE, y el otro sin firma, para no poder relacionarlo con ningún aspirante en específico, en manos del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. ¿Dónde quedó la imparcialidad si los nombres acompañaban los ensayos? ¿Pudo el nefasto gobernador de Morelos darle una lista negra al consejero presidente del INE que incluyera mi nombre? ¿Pudo haber influido el consejero presidente del INE en una buena o mala calificación del ensayo por parte del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM? No lo sabremos, pues el proceso de selección se vició irreparablemente y por lo tanto decidí impugnar el procedimiento. Estoy consciente que este acto disminuye considerablemente, si no es que anula, las probabilidades de ser seleccionado. Si el gobierno de la “Nueva Ambición” buscaba sacarme del concurso, lo ha conseguido. Perdimos un batalla, pero no la guerra.

Principios constitucionales en materia electoral en México

En el texto “Los principios constitucionales de la materia electoral en México” de los coautores Guillermo Sierra Fuentes y Víctor Zuri Zapata Leos, éstos citan a Zagrebelsky quien alega que distinguir entre reglas y principios es tan importante como la distinción entre las leyes y la Constitución. De acuerdo con este autor, en las leyes prevalecen las reglas y en la Constitución, los principios.

Los principios desempeñan el papel constitutivo del orden jurídico y las reglas que en todo caso se encuentren en una Constitución, no son más que leyes reforzadas por su forma especial, y como se agotan en si mismas no tienen fuerza constitutiva fuera de lo que ellas mismas significan.

Los coautores también citan a Alexy, Prieto Sanchís, Zagrebelsky en cuanto a la distinción que estos autores hacen entre ponderación y subsunción. La primera se aplica a los principios; la segunda, a las reglas.

Ahora bien, hay quienes sostienen que no hay una distinción cualitativa entre reglas y principios. Las reglas no funcionan a la manera de todo o nada –como lo asevera Dworkin–24 sino que pueden competir con los principios. Así, en el razonamiento jurisdiccional hay cierta- mente una interacción entre reglas y principios. No sólo existen casos de conflictos entre reglas y conflictos entre principios, sino también colisiones entre reglas y principios.

Los coautores además citan a Manuel Atienza y Juan Ruiz Manero, para quienes cuando hay en juego dos principios, tiene que surgir una nueva regla a partir de estos principios. La “concreción” consiste en transformar los principios en reglas.

En palabras de Guastini,concretizar un principio significa determinar las reglas implícitas (en sentido amplio) que pueden obtenerse del mismo; y por lo tanto en primer término, determinar su ámbito de aplicación, decidir a cuáles clases de supuestos concretos es aplicable, y en segundo lugar, determinar al mismo tiempo sus excepciones o subclases de supuestos a los que no resulta aplicable. Por ejemplo ¿el principio de autodeterminación de pueblos indígenas permite o no la restricción de voto universal? o ¿el principio de igualdad permite o no al legislador establecer las cuotas de género en las listas de candidaturas?

Así, los principios rectores de la función electoral; certeza, imparcialidad, independencia, legalidad, máxima publicidad y objetividad, no están definidos por la ley y dejan abierta la posibilidad al juzgador de concretizar las reglas a partir de estos principios.

Los denominados principios rectores de la función electoral tienen tal relevancia, que la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación considera, que su conculcación por parte de las propias autoridades encargadas de preparar, desarrollar y vigilar los comicios, equivale a una violación sustancial que puede ser determinante para el resultado de la elección, y dar lugar a decretar la nulidad de la misma.

Los coautores mencionan que las definiciones de la Suprema Corte y las de la Sala Superior difieren, pero para los fines de este comentario se citan las de la Sala Superior que en las sentencias SUP-RAP-038/99; SUP-RAP-041/99; y SUP-RAP-043/ 99; define el principio de certeza:

“…el principio de certeza se refiere a la estructura misma del proceso electoral, regulando y obligando a la autoridad electoral, para que cada uno de los actos de la misma sean verídicos, esto es, reporten fiel y únicamente lo que en realidad ha sucedido…Consecuencia de dicha certeza es el pleno convencimiento de los actores en el proceso electoral de que los actos de la autoridad son veraces, reales y ajusta- dos a los hechos, y por tanto hay una plena confianza en la misma…Por ende, exige que los actos y procedimiento electorales se basen en un conocimiento seguro de lo que es, sin existir manipulaciones, fraudes o adulteraciones, con independencia del sentir o actuar de las partes en la contienda…”

Sobre el principio de objetividad los coautores citan a la Sala Superior que lo define como:

“el principio de objetividad implica que todas las apreciaciones y criterios de los organismos electorales deben sujetarse a las circunstancias actuales de los acontecimientos y no a interpretaciones subjetivas ni inducidas de los hechos, o a lo que quisieran que fuera”

Los coautores retoman una distinción de la doctrina entre principios explícitos y principios implícitos. Los primeros están explícitamente enunciados en la ley, mientras que los segundos derivan de otras normas del sistema. Por lo que los coautores agregan a esta lista los principios implícitos en los artículos 41, fracción IV (actualmente fracción VI) y 116, fracción IV, inciso g) (actualmente el l) ) de la Constitución Federal, que son los principios de constitucionalidad y de legalidad.

En conclusión, en el ámbito del derecho electoral mexicano, existen principios jurídicos previstos expresamente en el ámbito constitucional, que, junto con otros principios implícitos, tienen un carácter fundamental, ya que dan coherencia e informan a este sector normativo del orden jurídico nacional; constituyen parámetros de la actuación de los órganos electorales y sirven como criterios interpretativos del derecho electoral, o bien, desempeñan una función integradora del mismo.

La literatura absoluta y los simulacros

En el capítulo IV de la obra La literatura y los dioses de Roberto Calasso, el autor data el nacimiento de la literatura absoluta en 1869 con la publicación, bajo el seudónimo de Lautréamont, de una obra titulada Les Chants de Maldoror.

Desde el momento en que aparece, todo es ya una cita de otra cosa. Este acontecimiento, enigmático y desconcertante, en el que sin embargo muy pocos han reparado, puede verse como una manifestación del hecho de que el mundo entero, como Nietzsche anunciará poco después, está convirtiéndose de nuevo en una fábula. Pero ahora la fábula es un torbellino indiferente, en el que los simulacros se intercambian como un polvillo igualitario.

En esta obra Calasso sostiene que el hombre debe retomar el diálogo con los dioses. Cita a Novalis quien dijo: “Allí donde no reinan los dioses reinan los fantasmas.” Antes, en el capítulo II de la misma obra, Calasso había dicho:

En nosotros, los modernos, según Leopardi, falta la “persuasión”, que no es sino el inextricable tejido de las “fábulas antiguas”, con los gestos y las creencias compartidas por una comunidad, “puesto que aún no hemos heredado, junto con la literatura, la religión griega y latina”.

Calasso critica a los escritores modernos que usan “las fábulas antiguas a la manera de los antiguos, exceden las cualidades de la justa imitación.” No son copia porque no respetan el modelo y “exceden las cualidades de la justa imitación”. ¿Será este el sentido que Calasso le da a la palabra “simulacro”?

El resultado es una “afectación y ficción bárbara”, una grosera impostura “simulando ser italianos antiguos, y disimulando lo máximo posible la condición de italianos modernos”.

Retomando el discurso del capítulo IV el autor dice:

Entonces se podría añadir: dioses y fantasmas se alternan sobre el escenario, con iguales derechos. Ya no existe una potencia teológica capaz de dirigirlos y ordenarlos. ¿Quién se atreverá en tales circunstancias, a tener comercio con ellos, a tratar con ellos? Una potencia ulterior, hasta entonces mantenida en una permanente minoría y utilizada al servicio del cuerpo social, pero que empezaba a amenazar con levar todas sus anclas y navegar, solitaria y soberana, como el barco mismo que acoge a todos los simulacros y vaga en el océano de la mente por el puro placer del juego y del gesto: la literatura. En esta mutación, ella podrá ser definida de esta forma: literatura absoluta.

La influencia de Dworkin en el derecho electoral mexicano

En el número 5 de la Revista Mexicana de Derecho Electoral se encuentra un texto titulado “La influencia de Ronald Dworkin en la jurisprudencia del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación” de Raúl Montoya Zamora en el que el autor primero realiza un resumen del pensamiento de Ronald Dworkin y luego expone la influencia de sus ideas en las decisiones del Tribunal (TEPJF, en adelante).
De la primera parte habría que rescatar la comparación que Montoya Zamora hace de Dworkin con su tutor Hart. Raúl Montoya asegura que el blanco de ataque de Dworkin hacia Hart era la posición del Juez frente al derecho. Para Hart, el juez no se comporta como legislador; de las leyes y de los precedentes obtiene para pautas para tomar sus decisiones. La única excepción se da cuando un caso no está previsto por la norma, entonces el juez despliega una actividad creativa para subsanar la falta. Resulta paradójico que esta facultad esté todavía más limitada en un antipositivista como Dworkin. Para éste, los principios suplen esta deficiencia de la norma.

Los principios se distinguen de las reglas, en que éstas establecen sus condiciones de aplicación, en tanto que los principios, suministran las razones para decidir en un sentido determinado, pero carecen de contenido específico, no establecen las condiciones de aplicación. En ese sentido, las reglas son o no aplicables en una fórmula todo o nada. En caso de conflicto entre dos reglas, sólo una puede ser válida.

Dworkin define a los principios como: “estándares que han de observarse en virtud de una exigencia de justicia, equidad, o de alguna otra dimensión de la moralidad.” Y no hay que olvidar que Dworkin sostiene la tesis de la vinculación entre el derecho y la moral. Montoya argumenta que para Dworkin la distinción entre reglas y principios se da porque las primeras derivan su validez de normas que su vez la derivan de otra norma superior hasta llegar a la Constitución, mientras que los principios obtiene su validez de: “su fuerza argumentativa, es decir, por su peso específico, por su contenido, de acuerdo con un complicado procedimiento de búsqueda de la más sólida teoría del derecho.”
Esto viene a colación porque en el año 2000 el TEPJF anuló la elección en Tabasco: “por una causa de nulidad no expresamente prevista en la norma, tomando en consideración la violación a principios constitucionales y legales, fundamentales para que cualquier tipo de elección sea considerada válida.”
Raúl Montoya considera que el Tribunal Electoral, al igual que Dworkin, consideró que el sistema jurídico mexicano, además de estar conformado por reglas, también lo está por principios. Montoya menciona que ello dio origen a la tesis con el rubro: “ELECCIONES. PRINCIPIOS CONSTITUCIONALES Y LEGALES QUE SE DEBEN OBSERVAR PARA QUE CUALQUIER TIPO DE ELECCIÓN SEA CONSIDERADA VÁLIDA.
Para limitar al TEPJF se realizó una reforma en la que se prohibía declarar la nulidad por una causal que no estuviera expresamente en la ley.

De tal suerte que, en la reforma constitucional en materia electoral publicada en el Diario Oficial de la Federación, el 13 de noviembre de 2007, se aprobó una modificación al artículo 99, en la que se dispuso que las salas Superior y regionales del Tribunal Electoral, sólo pueden declarar la nulidad de una elección por las causales que expresamente se establezcan en las leyes.

Lo rescatable del asunto es que el TEPJF siguió haciéndolo por una peculiar interpretación de su nueva facultad como Tribunal Constitucional:

La referencia expresa a que sólo puede declararse la nulidad de elecciones por aquellas causas previstas en ley, se debe interpretar de forma sistemática con el resto del ordenamiento, pues dicha restricción derivada de una interpretación letrista, haría nugatorio el sentido de la reforma de convertir a las salas del Tribunal Electoral en auténticos tribunales de constitucionalidad, como se mencionó en líneas anteriores. En otras palabras: anular elecciones sólo por las causales reconocidas en la ley convertiría a las salas del Tribunal Electoral en tribunales de legalidad, circunstancia incompatible con la reforma.

Precandidatos madrugadores en Cuernavaca

candidatoMorena
En Cuernavaca hay un par de precandidatos que están en plena campaña electoral. Uno lo hace sin partido, pero con el color rojo que identifica al PRI. El otro lo hace abiertamente con banderas de Morena. ¿Qué tipo de actos realizan intrépidos precandidatos?
El artículo 3, párrafo 1, inciso a) de la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales (LEGIPE en adelante) define los Actos Anticipados de Campaña como: “Los actos de expresión que se realicen bajo cualquier modalidad y en cualquier momento fuera de la etapa de campañas, que contengan llamados expresos al voto en contra o a favor de una candidatura o un partido, o expresiones solicitando cualquier tipo de apoyo para contender en el proceso electoral por alguna candidatura o para un partido.” Y no son Actos Anticipados de Precampaña porque el mismo artículo y párrafo, pero inciso b) los define como “Las expresiones que se realicen bajo cualquier modalidad y en cualquier momento durante el lapso que va desde el inicio del proceso electoral hasta antes del plazo legal para el inicio de las precampañas, que contengan llamados expresos al voto en contra o a favor de una precandidatura.” Y de acuerdo con el artículo noveno transitorio de la LEGIPE; “Por única ocasión, los procesos electorales ordinarios federales y locales correspondientes a las elecciones respectivas que tendrán lugar el primer domingo de junio del año 2015 iniciarán en la primera semana del mes de octubre del año 2014″ Por lo que ahora se califican como actos anticipados de campaña y después del 7 de octubre y hasta antes del plazo legal para el inicio de las precampañas se denominarán actos anticipados de precampaña.
El artículo 242, párrafo 2, de la LEGIPE, define actos de campaña como: “las reuniones públicas, asambleas, marchas y en general aquéllos en que los candidatos o voceros de los partidos políticos se dirigen al electorado para promover sus candidaturas.” Estos precandidatos andan en reuniones públicas, asambleas, marchas y en todos aquellos en que se dirigen al electorado para promover sus candidaturas. ¿Cuál es la sanción? De acuerdo con el artículo 226, párrafo 3, de la LEGIPE; “Los precandidatos a candidaturas a cargos de elección popular que participen en los procesos de selección interna convocados por cada partido no podrán realizar actividades de proselitismo o difusión de propaganda, por ningún medio, antes de la fecha de inicio de las precampañas; la violación a esta disposición se sancionará con la negativa de registro como precandidato.” El precandidato que se identifica con el color rojo ha contratado anuncios espectaculares y hace recorridos por las colonias populares de Cuernavaca. El precandidato de Morena sale a las calles a promover una consulta popular, juntar firmas y repartir propaganda. Este precandidato podrá alegar que no hace campaña ni precampaña, sino que recolecta firmas para la consulta popular. Además de las formalidades para realizar una consulta popular y que fueron descritas en esta entrada al blog, cabe resaltar que el artículo 4 de la Ley Federal de Consulta Popular señala que: “La consulta popular es el mecanismo de participación por el cual los ciudadanos ejercen su derecho, a través del voto emitido mediante el cual expresan su opinión respecto de uno o varios temas de trascendencia nacional.” Es decir, la consulta popular es una mecanismo de los ciudadanos y no de los partidos políticos, por lo que estos actos de recolección de firmas con bandera de Morena, fuera del proceso electoral, bien pueden ser considerados como actos anticipados de campaña y sancionados con la negativa de su registro como precandidato.

Inconcuso

En el tercer “considerando” del juicio para la protección de los derechos políticos-electorales del ciudadano contenido en el expediente JDC-500/2014, la Sala Superior dice:

En este orden de ideas, si el agravio aducido se concreta ante el último acto de aplicación que impugna el promovente, consistente en la Convocatoria emitida por el Consejo General del Instituto Nacional Electoral, para la selección y designación de Consejero Presidente y Consejeros Electorales del Organismo Público Local, en el Distrito Federal, es inconcuso que a partir de la publicación de tal acto que se debe hacer el cómputo para la oportunidad de la impugnación.

El diccionario de la lengua española define inconcuso como: “Firme, sin duda ni contradicción”, por lo que la oración diría: “…es firme que a partir de la publicación de tal acto que de debe hacer el cómputo para la oportunidad de la impugnación.”

El Manual de redacción jurisdiccional para la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación dice que en las sentencias se debe privilegiar un estilo directo y preciso. Por lo tanto se deben evitar expresiones como: “de esta guisa”, “es inconcuso que el recurso de marras no ha lugar”, “tornándose exigible”, “se obsequiaron las pruebas”, “el libelo de mérito”, “el ocurso controvertido”, “el jurisdicente sostuvo”. Ello porque según este manual; “El lenguaje del derecho no es diferente al lenguaje que usa el resto de las personas.” Y más adelante argumenta: “Por esto, pensar que el lenguaje del derecho es un tipo de de [sic] lenguaje accesible a algunos iniciados, no sólo es un error sino una falsedad.” Como diría Porky: “De, de, verdad que…” esta última frase es bastante controvertida, pero atendiendo a la finalidad de que las sentencias sean lo suficientemente claras para que no se presten a equívocos o a interpretaciones erróneas, se puede dejar pasar.

Algo que no había notado es que los “resultandos” y los “considerandos” son conjugados en distintos tiempos verbales; el pasado simple para los “resultandos” y el presente simple para “considerandos” y los “resolutivos”. En las sentencias se prefiere la voz activa a la pasiva, ya que esta última dificulta la comprensión del texto. Y algo en lo que estoy muy de acuerdo; “las palabras y expresiones más cortas, tienden a ser más manejables que palabras más extensas”. El Manual de redacción jurisdiccional recomienda la reducción al máximo de frases en latín, ya que el escritor necesita explicar lo que el aforismo o locución quiere decir y si lo puede hacer en la lengua, resultan innecesarias. Por el contrario, en la sentencia en comento se dice:

Tales exigencias o requisitos, generan una presunción iuris tantum, respecto a que el ciudadano ha estudiado y se ha preparado para la obtención de un título profesional a nivel licenciatura, así como que ha ejercido y aplicado los conocimientos adquiridos durante cinco años.

En este caso el escritor no ha explicado lo que iuris tantum quiere decir. Sin embargo, al consultar un diccionario jurídico en línea se encuentra que las presunciones legales son de dos tipos; las iuris et de iure que no admiten prueba en contrario y las iuris tantum que pueden ser desvirtuadas mediante pruebas en contrario. Es obvio que la sentencia comentada pertenece a otro órgano jurisdiccional, pero no por eso las prescripciones del Manual de redacción jurisdiccional para la Primera Sala dejan de ser válidas.

Breve comentario a un texto de Horacio Potel

En el sitio en internet de la revista reflexiones marginales aparece un texto de Horacio Potel titulado “Platón entre Deleuze y Derrida. Simulacro ¿o? Suplemento” en el que el autor comenta dos textos; uno de Gilles Deleuze titulado “Platón y el simulacro” y otro de Jacques Derrida titulado “La Farmacia de Platón”.
Potel explica que el pensamiento de Nietzsche es una inversión del platonismo. Cita a Deleuze para quien la dialéctica de Platón no era la dialéctica de los opuestos, sino de los rivales: la copia y el simulacro.

La «verdadera» distinción platónica, no está entonces, para Deleuze, entre el original y la imagen sino entre dos tipos de imágenes: las copias (eikónes) y los simulacros (phantásmata). La copia no sería una simple apariencia ya que mantiene con la Idea como Modelo una relación interior espiritual, gnoseológica y ontológica. El simulacro por el contrario esta hecho de la materia del puro devenir, de lo ilimitado y por esto mismo opera contra la Idea, impugnando a la vez el modelo y la copia. La «buena» copia bien fundada se opone así a los malos simulacros que no respetan ni al fundamento ni a lo fundado. Por un lado la imagen que se somete a la Idea y por el otro la imagen que se rebela. «Se trata de asegurar el triunfo de las copias sobre los simulacros, de rechazar los simulacros, de mantenerlos encadenados en el fondo, de impedir que suban a la superficie y se “insinúen” en todas partes»

Hago este comentario con la salvedad de que Horacio Potel es un profesional y el que escribe estas líneas un aficionado (entiendo menos de la mitad de lo que el autor pretende explicar). Para Platón, la mujer bella participa de la idea de belleza, porque de otra forma no sería posible la comunicación. Pero el simulacro no sigue ese patrón, sino otro -y no me queda muy claro cuál-. Henri Lefebvre había rescatado de Nietzsche su crítica a la filosofía, que la filosofía occidental se había basado en la época decadente de la filosofía griega y que con la separación entre el mundo de las ideas y el mundo sensible le habían dado en la torre a la filosofía. En ese sentido entiendo la expresión de Potel sobre una cita de Deleuze en la que explica los regalos envenenados del Platonismo: “Y por supuesto haber abierto el camino para el triunfo de la filosofía de la representación, es decir la metafísica, que es ahora necesario invertir.”

Esta inversión consiste en privilegiar a los simulacros sobre las copias. Ya que «lo que está condenado en el simulacro es el estado de diferencias libres, oceánicas de distribuciones nómades, de anarquías coronadas, toda esa malignidad que pone en duda tanto la noción de modelo como la de copia»[15] Lo semejante es la copia, pero lo semejante sólo puede ser copia de lo idéntico. Entonces si la copia se define por la semejanza, el modelo solo puede definirse por la identidad: es Lo Mismo. El platonismo consiste entonces en una operación triple que instaura la representación: 1) establecimiento de un modelo (Lo Mismo) (regalo envenenado de la trascendencia), 2) selección de la semejanza, (La Copia), 2) borrado, expulsión de la diferencia (Lo Otro). Como para Platón las cosas sólo son en cuanto participan –se asemejan- a la Idea, los simulacros no son. Y no son, porque son aquello que no se asemeja al modelo, son los diferentes, las diferencias y en cuanto tales no pueden ser representadas porque ninguna esencia les corresponde en el mundo de las ideas ya que no participan del modelo de lo Mismo[16]. Y tampoco hay modelo de lo Otro, porque según Deleuze: ningún modelo resiste el vértigo del simulacro. No son, son copia de copia, máscara de máscara, «detrás de cada caverna, una caverna más profunda todavía – un mundo más amplio, más extraño, más rico, situado más allá de la superficie, un abismo detrás de cada fondo detrás de cada “fundamentación”»[17]. No son copias degradadas, son potencias positivas que niegan el original, la copia, el modelo y la reproducción.

Esto último no lo entiendo muy bien, pero pretendo darle a la primera frase una interpretación ad hoc que encaja muy bien con algo que recientemente se comentó en este blog. En su obra La literatura y los Dioses, Calasso dice que la “Ninfa es estremecida, oscilante, centellante materia mental de la que están hechos los simulacros, los eídola. Es la materia misma de la literatura.” Si se privilegia a los simulacros sobre las copias, se estaría de alguna manera privilegiando la literatura por encima de la búsqueda de la verdad. Porque si algo ha quedado claro con Calasso es que la mentira es mucho más bella que la triste verdad. Rorty lo explicaba así:

Platón concibió una educación orientada por la ciencia, mientras que Nietzsche concibió una cultura en cuyo centro estaría el arte, y en la cual reconocemos que son los poetas los que determinan nuestros objetivos mientras que los científicos simplemente suministran medios para alcanzar esos objetivos.

Pero como dije, es una interpretación ad hoc. Lo que explica Horacio Potel sobre cómo llega Derrida a la idea de la representanción a partir de la génesis de las estructuras ideales de Husserl me parece sumamente interesante.

Supongamos que la geometría es inventada por Tales. Supongamos que Tales se hubiera olvidado inmediatamente de su invención. Todo habría terminado para la geometría, a no ser que por algún azar surgiera otro inventor; supongamos que así acontece: para que no ocurra nuevamente el olvido es necesario que el inventor de la geometría inscriba en su memoria, copie, repita, re-presente, registre, su invención. Ahora supongamos que este hombre no haya tenido discípulos o no haya querido o podido trasmitir esa inscripción, esa copia interna con otro. Es decir no haya inscripto en otro, no haya repetido, no haya copiado, no haya dejado en el otro la huella de su invención, no haya re-presentado en un representante la invención: la geometría, entonces, se hubiera perdido nuevamente.

A través de la escritura, argumenta Potel, Tales ya puede morir tranquilamente. Por que la geometría transcrita por Tales ya no requiere de la mente de éste para existir.

Dejar una huella en general es siempre dejar constancia de nuestra desaparición, de nuestra muerte, porque desde que se traza un trazo, desde que se inscribe una huella, esa huella se me va, puede repetirse, me sobrevive, sobrevive, al instante de su inscripción y al supuesto autor-productor de la misma. No hay presencia sin huella ni huella sin muerte. Huella implica siempre repetición, ausencia, riesgo de pérdida, muerte. Por otra parte, el envío del otro implica un «retraso» este retraso, no posibilita sólo la pérdida o el robo o la falsificación del envío, su no llegada a destino, sino la posibilidad de la muerte del autor del mensaje. Y esta muerte es a la vez, la posibilidad de la vida del texto. La muerte abre la carta, la marca, abre la huella a la alteridad más indiscriminada y general, la sitúa en la peor de las intemperies y por eso mismo impide su llegada definitiva es decir su fin. La escritura es infinita porque la muerte la habita. La huella, el envío necesita no solo de su «autor» sino también de su destinatario, no es mensaje sin el otro, pero el otro, tampoco le es necesario al texto, su muerte también está inscripta en la estructura general de la escritura, que se convierte así en el trayecto infinito de una herencia, en el traspaso de un don que nunca puede hacerse presente, de un sentido que nunca puede ser apropiado, con lo cual la muerte es la condición de la vida o mejor de la supervivencia[23]. Supervivencia es un cuasi-trascendental[24] –como lo es suplemento, como lo es fármacon. Supervivencia es un fondo sin fondo, a partir del cual se configuran, se recortan, tratan de identificarse y entonces se oponen, eso que llamamos la vida pura y desnuda con la muerte pura y absoluta. «Esa supervivencia es encentada desde la primera huella […] eso […] vale […] para todo aquello con lo que está entretejido de arriba abajo, el tejido de la existencia viva. Tejido de pervivencia, como muerte en la vida o vida en la muerte, tejido que no viene a revestir una existencia más originaria, una vida o un cuerpo o un alma que existirían, desnudos, bajo esa ropa»[25].

Alexy y la naturaleza de la filosofía del derecho

En el número 26 de la revista Doxa (2003) apareció un artículo de Robert Alexy titulado “La naturaleza de la filosofía del derecho” en el que el autor recupera las cuestiones que Kant elaboró sobre la filosofía para aplicarlas a la filosofía del derecho. Sobre el tema Alexy dice: “la filosofía es la reflexión general y sistemática sobre lo que existe, lo que debe hacerse o es bueno, y sobre cómo es posible el conocimiento acerca de estas dos cosas.”
Esta definición no es exhaustiva ni pretende agotar el objeto de la filosofía sino que le sirve como punto de partida para lo que pretende explicar. Para el autor, la filosofía tiene un dimensión normativa, una analítica y otra sintética u holística.

En la filosofía del derecho, la dimensión analítica se refiere a conceptos como los de norma, “deber ser”, persona, acción, sanción e institución. La dimensión sintética se define por el intento de unir esto en un todo coherente.

Alexy argumenta que plantearse estas tres preguntas con relación al derecho es preguntarse sobre la naturaleza del derecho. Aquí se topa con la primera dificultad; que la filosofía del derecho no puede decir nada si primero no define qué es el derecho. El autor cita la definición de Kelsen quien define al derecho como norma y a la norma como significado. Pero también el autor destaca que para Kelsen las normas no pueden reducirse sólo a eventos físicos o psíquicos; no ocurren en la realidad natural sino en la realidad ideal. Alexy también parte de la concepción opuesta, la de Kart Olviercrona quien sostiene que “las
reglas del derecho son una causa natural –entre otras– de las acciones de los jueces cuando se presentan litigios, así como del comportamiento en general de las personas en relación con los demás.” De estas dos concepciones del derecho surge una nueva interrogante:

La respuesta a la pregunta sobre si las normas son contenidos de significado o causas naturales determina la respuesta a otro interrogante subsiguiente, a saber, si es posible concebir las normas como elementos de un sistema inferencial y, por consiguiente, como puntos de partida de argumentos, o si únicamente son elementos de una red causal.

De la primera posibilidad, Alexy dice que sería posible el razonamiento jurídico si está orientado a la corrección (del derecho) y de la segunda posibilidad, una mera ilusión.

Dos propiedades son esenciales para el derecho: la coerción o fuerza, de un lado, y la corrección o rectitud, del otro. La primera se refiere al elemento central de la eficacia social del derecho; la segunda expresa su dimensión ideal o crítica.

La coerción o fuerza presentan el caso más fácil para Alexy pues si se parte, como lo hizo Kelsen, de la distinción de norma jurídica por su capacidad de ser impuestas por la fuerza, se tiene que la fuerza o coerción es “adecuado a su objeto”.

La coerción es necesaria, si el derecho está llamado a ser una práctica social que cumpla en la mayor medida posible sus funciones formales básicas, tal y como las definen los valores de la certeza y la eficacia jurídica.

Pero como se han cuestionado los clásicos, no sólo con la fuerza se mantiene o impone un régimen, tiene que haber una cierta aceptación o porqué otra razón las personas obedecerían la ley. La fuerza o coerción está en oposición con la segunda propiedad o característica del derecho; la pretensión de corrección. Para justificar esta propiedad o característica en el derecho, Alexy retoma su famoso argumento sobre el país X que en su Constitución establece que es una república federal e injusta. ¿Cuál es el problema en que se incluya un artículo así en la Constitución? En que surge un problema conceptual entre la Constitución y la justicia. Si se elimina la pretensión de corrección, entonces se puede eliminar el problema y sólo queda una pretensión de poder. Pero para Alexy en este caso ya no se puede hablar de un sistema jurídico.

Si se probara que la tesis de que el derecho necesariamente eleva una pretensión de corrección es incorrecta, sería difícil controvertir la tesis positivista de la posibilidad de separar el derecho de la moral. Lo opuesto, sin embargo, sí sería cierto, en caso de que la tesis sobre la pretensión de corrección fuera verdadera. Esta tesis entonces proveería una base sólida para el argumento de que la moral está necesariamente incluida en el derecho.

Pero esta misma distinción ya la hacía Kelsen al indicar que el derecho sólo está separado de una moral universal, pues en el mismo derecho, de carácter normativo, hay una moral. Por esa razón se ha argumentado que el positivismo jurídico sólo es posible bajo el supuesto del relativismo moral.

Los problemas que la inclusión de la moral puede ayudar a solucionar son, en primer lugar, el problema de las evaluaciones básicas que se encuentran al fundamentar y justificar el derecho; en segundo lugar, el problema de realizar la pretensión de corrección en la creación y la aplicación del derecho, y en tercer lugar, el problema de los límites del derecho.

Retomando el caso de la justificación de la fuerza o coerción en el derecho como una necesidad práctica, el autor reconoce que el mismo concepto de necesidad práctica es ambiguo.

No obstante, el panorama comienza a cambiar si los fines generales del derecho, como la certeza jurídica y la protección de los derechos fundamentales, son considerados como exigencias de la razón práctica, y cambia completamente, si estas exigencias son consideradas como elementos necesarios del derecho.

Si las razones morales están incluidas en el derecho, Alexy no ve ningún problema en que éstas justifiquen las decisiones jurídicas. Otro problema que Alexy alega resuelve la inclusión de la moral en el derecho es el de los límites del derecho.

Si la injusticia extrema no debe considerarse como derecho –por lo menos desde el punto de vista del participante en el sistema jurídico– ¿cómo podría justificarse esta circunstancia sin recurrir a razones morales?

Pero también surge la pregunta sobre la gravedad de la injusticia como para no pertenecer al derecho. ¿Qué tan grave debe ser? ¿No es totalmente subjetivo lo extremo de la injusticia para que deje de ser derecho? ¿Dónde queda la certidumbre jurídica como fin en el derecho? Parece que Alexy no ha podido contestar a satisfacción esta interrogante.
No todo es alegría en la inclusión de la moral en el derecho y Alexy está consciente de ello. El autor argumenta que una de las razones por las que el derecho cuenta con una estructura “autorativa e institucionalizada” radica en “la incertidumbre general del razonamiento moral”.

Con todo, este podría ser sólo un argumento para considerar que el razonamiento moral no pertenece al derecho, si no es posible incorporarlo dentro del razonamiento jurídico sin destruir la índole necesariamente autoritativa de los elementos de este último. Es una tarea principal de la filosofía del derecho investigar si esto es posible o no.

Argumentos por los que la consulta popular en materia energética no prosperará

En la calle he visto por lo menos un puesto de recolección de firmas para la consulta popular que en contra de la reforma energética promueve el recién creado partido político Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y ello me orilló a la siguiente reflexión.
En el artículo 35 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos enuncia los derechos de los ciudadanos entre los que está en la fracción VIII el votar en las consultas populares sobre temas de trascendencia nacional. La misma fracción indica que pueden convocar a consulta popular el Presidente de la República, el treinta y tres por ciento de los integrantes de cualquier cámara del Congreso de la Unión y los ciudadanos en un número equivalente al dos por ciento de los inscritos en la lista nominal de electores.
El procedimiento para solicitar una consulta popular se encuentra en la Ley Federal de Consulta Popular que en su artículo 13 establece que se puede solicitar la consulta popular a partir del 1 de septiembre del segundo año de la legislatura y hasta el 15 de septiembre del año previo al de la elección. Así que de acuerdo con el artículo 14 de la citada Ley, los ciudadanos presentan su Aviso de Intensión en el formato autorizado por la Cámara para tal fin. El Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara correspondiente tiene un plazo de diez días hábiles para emitir la constancia que acredite dicha presentación y esta constancia va acompañada del formato autorizado para la obtención de las firmas de apoyo. Qué sucede en el supuesto de que las firmas se recaban en un formato distinto; el artículo 15 establece que la propuesta no será admitida a trámite.
Una rápida búsqueda en google sobre los avisos de intensión en la Gaceta Parlamentaria da como resultado que el 30 de abril de 2014 la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados da constancia de un aviso de intensión sobre una solicitud de consulta popular relativa a la reforma a los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en materia energética, y otra de fecha 19 de junio de 2014 sobre el horario estacional utilizado en los Estados Unidos Mexicanos.
Desconozco si los ciudadanos que recaban firmas para MORENA hayan solicitado una consulta popular y si las firmas se recolectan en el formato autorizado, pero en el supuesto en que lo hayan hecho y recolecten las firmas de las mismas personas que apoyaron la consulta del PRD, dice el artículo 12 de la Ley Federal de Consulta Popular que los ciudadanos pueden respaldar dos consultas populares pero no procederán a trámite aquellas que sean respaldadas por los mismos ciudadanos en un número equivalente al veinte por ciento. En ese caso, sólo prosperará la primera consulta. Es decir, el PRD inició primero su consulta popular y MORENA después, pero ambas solicitudes tienen las firmas de las mismas personas en un número igual o mayor al veinte por ciento, sólo prosperará la consulta del PRD.
Juntan sus firmas, se las entregan al Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara y este las envía al Instituto Nacional Electoral para que en un plazo de treinta días naturales verifique si cumplen con el requisito de ser suscrita por el dos por ciento del listado nominal. En caso de que así sea, el Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara envía la pregunta a la Suprema Corte para que resuelva sobre la constitucionalidad de ésta. Aquí surge un obstáculo que se vislumbra insalvable para la consulta popular sobre materia energética. Debo reconocer que este argumento se lo escuché al Senador Mario Delgado del PRD en un comentario de radio y no le falta razón. En el tercer inciso de la fracción VIII del artículo 35 constitucional se establece que no podrán ser objeto de consulta popular la restricción de los derechos humanos reconocidos por la Constitución; los principios consagrados en el artículo 40 de la misma; la materia electoral; los ingresos y gastos del Estado; la seguridad nacional y la organización, funcionamiento y disciplina de la Fuerza Armada permanente. Y el artículo 27 constitucional establece que con el propósito de obtener ingresos para el Estado que contribuyan al desarrollo de largo plazo de la Nación, ésta llevará a cabo las actividades de exploración y extracción del petróleo y demás hidrocarburos mediante asignaciones a empresas productivas del Estado o a través de contratos con éstas o con particulares, en los términos de la Ley Reglamentaria. En otras palabras, la extracción de petróleo es un ingreso y no pueden ser objeto de consulta popular los ingresos del Estado. Imagínense una consulta popular sobre la derogación de los impuestos, esto no es posible.

La opinión de Rorty sobre la filosofía analítica

Aunque parecería que Rorty en su obra Filosofía y futuro se burla de los filósofos que se adscriben a la filosofía analítica, en realidad Rorty critica los intentos de la filosofía analítica por convertirse en ciencia.

Al final demostraré, sin embargo, que aquellos filósofos analíticos que más contribuyeron a socavar las exigencias científicas de su movimiento hicieron una aportación duradera y muy valiosa a la filosofía.

Para Rorty lo que distinguió a la filosofía analítica fue “el paso sobre la disquisición de la experiencia a la disquisición sobre el lenguaje”.

El giro lingüístico es común a toda la filosofía del siglo XX: es tan evidente en Heidegger, Gadamer, Habermas y Derrida, como en Canarp, Ayer, Austin y Wittgenstein.

Rorty describe la situación de la filosofía en las universidades norteamericanas en las que se le ubicaba en las facultades de ciencias sociales y no en las de humanidades. El autor comenta que antes de que la filosofía analítica reinara en las universidades norteamericanas, la historia de la filosofía predominaba tanto en países anglófonos como no anglófonos.

Se esperaba que cualquiera que enseñara filosofía fuera capaz de hablar de los méritos de respectivos de Platón y Aristóteles, de Hobbes y Spinoza, de Kant y Hegel, de Nietzsche y Mill.

En opinión de Rorty, fue Willard van Orman Quine quien estableció el gusto por la filosofía analítica y el desprecio por la filosofía de la historia. El discípulo de Carnap en sus épocas de estudiante se puso como objetivo leer tan pocos textos canónicos como fuera posible y recomendaba esta práctica a sus alumnos en Harvard. Rorty comenta que este tipo de actitudes eran comunes también en Princeton donde los estudiantes competían entre ellos en pericia argumentativa y sagacidad dialéctica en lugar de adquirir una amplia gama de autores.

Entre los filósofos anglófonos, lo más importante es disponer de capacidades puramente argumentativas al estilo de partes en litigio ante un tribunal.

Ello no ha impedido, dice el autor, un comeback o regreso de la historia de la filosofía en los Estado Unidos; estudios en los que se elude el tema de la historia del espíritu o que no tienen conexión con los grandes temas de la filosofía actual.
Según Rorty, para un filósofo no analítico sería normal que un filósofo estuviera subscrito al The New York Review of Books pero extraño que lo hiciera en Scientific American.

El típico lector de Heidegger y Derrida ve a las ciencias duras como doncellas del progreso tecnológico y no como ocasiones de vislumbrar la realidad sin trabas. Ese lector estará de acuerdo con Kierkegaard y Nietzsche en que Sócrates y Platón se equivocaron al creer que la búsqueda de la verdad objetiva es la actividad más valiosa y la más distintivamente humana de la que somos capaces. La mayoría de esos lectores estarán de acuerdo con Nietzsche en que los filósofos griegos no fueron capaces de ver fue la prioridad del arte y la literatura frente a las ciencias y las matemáticas, es decir la necesidad de ver las ciencias desde la perspectiva del arte y de la vida. Platón concibió una educación orientada por la ciencia, mientras que Nietzsche concibió una cultura en cuyo centro estaría el arte, y en la cual reconocemos que son los poetas los que determinan nuestros objetivos mientras que los científicos simplemente suministran medios para alcanzar esos objetivos.

La distinción introducida por el autor parece pertinente dado que en la actualidad se pone énfasis en las ciencias duras y las ingenierías, por encima de las ciencias sociales y las humanidades. Este “conocimiento objetivo” era para Kierkegaard meramente accidental, lo importante era transformar el “individuo existente”.

El conocimiento que no está vuelto hacia el interior en la reflexión sobre la interioridad refiriéndose a la existencia, es un conocimiento accidental, su grado y alcance son, esencialmente considerados, indiferentes…

Para Rorty, el fenómeno de la transformación existencial es tan importante en las humanidades como lo es el fenómeno del consenso entre expertos en la cultura científica.

Los historiadores, críticos literarios y filósofos que son importantes pero que no llegan a ser brillantes tienen la misma relación con Kant y Shakespeare que alguien que generalmente es galardonado con el premio nobel de física tiene con Einstein. Aunque no desencadenan transformaciones, facilitan la siguiente ola de transformación.