De die in diem
La serie Shameless (EE.UU,) de John Wells (2011) encarna El mito de Sísifo de Albert Camus. Sísifo empuja una piedra sabiendo que va a volver a caer. En la serie Shameless (EEUU), la “piedra” representa cualquier intento de estabilidad: un trabajo, una relación, una rehabilitación. Invariablemente van a caer, ya sea que Fiona, casada y con estabilidad, decide engañar a su marido con un exnovio, o Lip, con una beca en una universidad prestigiosa, decide meterse en problemas, incurrir en un autoboicot y liarse a golpes con un profesor hasta que lo expulsan de la universidad.
Hay tecnologías cuya simplicidad es engañosa. El código QR es una de ellas. En esencia, no es más que información codificada en una matriz visual. Nada particularmente sofisticado, nada que requiera infraestructura distribuida, bases de datos remotas ni arquitecturas dignas de un paper académico.
Y, sin embargo, así es exactamente como se nos vende.
La mayoría de las herramientas actuales no generan un código QR con tu información, sino una especie de promesa: un enlace que apunta a su servidor, donde —si todo sale bien— reside aquello que querías compartir. Es decir, el QR no contiene nada; delega. Y en esa delegación introduce una dependencia que rara vez se discute: la permanencia de un sistema ajeno.
El excelentísimo embajador de Japón en México, Kozo Honsei, inauguró el día de ayer, 25 de marzo, la exposición “Archivos de afecto: Memorias familiares de la migración japonesa a México” en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, ubicado en la calle de Moneda número 13, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
El doctor Shinji Hirai me hizo llegar la convocatoria y participé con el pasaporte japonés de mi abuelo y un libro de cuentas en el que, escrupulosamente, apuntaba las ventas diarias desde la década de los sesenta. Desafortunadamente, no pude asistir a la ceremonia de inauguración, pero espero poder visitar la exposición en estos días.
Privacy Policy 🔗Last updated: March 23, 2026
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La primera vez que escribí sobre Bitcoin fue el 24 de junio de 2011. Confieso —con la serenidad que da el paso del tiempo y el dolor que da el hindsight financiero— que en aquellas épocas no comprendía del todo el funcionamiento del blockchain, ni la elegancia matemática de la criptografía de llave pública y privada. Realizaba transacciones por 10 dólares que hoy tendrían un valor cercano a mil, si hubiera tenido la prudencia ascética de conservar aquellos bitcoins. No lo hice. Como casi todos, subestimé lo que no entendía del todo.
No es casualidad que el 11 de febrero de 2026 el Senado de la República autorizara a la Presidencia el ingreso de 19 elementos de los Navy SEALs de la United States Navy. Oficialmente, vinieron a “realizar actividades de capacitación”. Extraoficialmente —es decir, en el único terreno donde florece la verdad en México: el rumor informado— su presencia coincidió con acontecimientos demasiado relevantes para ser mera pedagogía castrense.
El acrónimo SEAL proviene de Sea, Air and Land. No se trata de un detalle semántico, sino operativo: son una unidad entrenada para intervenir en mar, tierra y aire. Se especializan en operaciones antiterroristas (captura o eliminación de objetivos de alto valor), rescate de rehenes, reconocimiento especial detrás de líneas enemigas, guerra no convencional, acciones directas y operaciones marítimas complejas. No son instructores de educación física. Son una fuerza diseñada para misiones quirúrgicas que los Estados prefieren no explicar con demasiada claridad.
Como se había anticipado —sin necesidad de dones proféticos ni filtraciones de inteligencia—, el petróleo que México “solidariamente” le regalaba a Cuba terminaría por convertirse en un nuevo punto de fricción con Estados Unidos. Tras la intervención en Venezuela, Donald Trump vaticinó que, sin el petróleo venezolano, Cuba caería en cuestión de días. El cálculo falló por un detalle menor: México se había convertido en el principal proveedor energético de la isla.
Estados Unidos no necesitó invadir México para obtener el mismo tipo de cooperación que obtuvo de Venezuela. ¿Para qué mandar marines si basta una llamada de Washington? Trump —siempre prudente y mesurado— anunció que el siguiente en caer sería Cuba, y vaticinó que sin el petróleo venezolano la isla se derrumbaría. Incluso bromeó diciendo que Marco Rubio, su Secretario de Estado, sería el nuevo presidente cubano. Pero la realidad, siempre tan grosera con la fantasía, les recordó que el mayor proveedor de petróleo a Cuba no es Venezuela… sino México.
La ventana de oportunidad para atacar a México se cierra en noviembre, con las elecciones intermedias en Estados Unidos. Todo apunta a que los republicanos perderán ambas Cámaras y, ante esa perspectiva, Donald Trump habría barajado —en ese estilo tan sutil y respetuoso de las instituciones que lo caracteriza— la posibilidad de cancelar o suspender los comicios. Teme que, al perder el control legislativo, resurja el fantasma del impeachment que lo persigue desde su primera administración.
Ante la falta de información y las mentiras de las “versiones oficiales”, sólo queda formular algunas conjeturas sobre lo que realmente ocurrió en Venezuela. Se manejan dos hipótesis igualmente plausibles: la entrega pactada y la traición.
Se dice que Maduro pactó su entrega por dos razones. La primera se apoya en una nota aparecida en diversos medios que daba cuenta de una “amenaza de muerte” por parte de Cuba si cedía. Con la captura, salvaba la cara y, probablemente, la vida. El segundo argumento es que se llevaron a la esposa, algo poco común en estos casos, sobre la cual no pesaba ninguna acusación, pero que será imputada por lavado de dinero tan pronto comparezca ante un tribunal.