Shameless(EE.UU.)

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La serie Shameless (EE.UU,) de John Wells (2011) encarna El mito de Sísifo de Albert Camus. Sísifo empuja una piedra sabiendo que va a volver a caer. En la serie Shameless (EEUU), la “piedra” representa cualquier intento de estabilidad: un trabajo, una relación, una rehabilitación. Invariablemente van a caer, ya sea que Fiona, casada y con estabilidad, decide engañar a su marido con un exnovio, o Lip, con una beca en una universidad prestigiosa, decide meterse en problemas, incurrir en un autoboicot y liarse a golpes con un profesor hasta que lo expulsan de la universidad.

Es obvia la intención del guionista de hacer que la serie resulte chocante con nuestra moralidad burguesa. La “autodestrucción” de los protagonistas no es un defecto moral, sino su respuesta al absurdo. En términos camusianos —sí, los de Albert Camus— la existencia se resuelve, en teoría, entre el suicidio, la fe o una digna rebelión frente al absurdo; sin embargo, Shameless (EE.UU.) opta por una cuarta vía menos heroica y mucho más verosímil: la torpe oscilación entre la inercia y el autosabotaje. Así, mientras Frank encarna una suerte de hedonismo resignado —si el mundo carece de sentido, al menos que sobre el alcohol—, personajes como Fiona o Lip ensayan, con encomiable ingenuidad, proyectos de redención que inevitablemente terminan dinamitando ellos mismos. La cuestión no es, entonces, la imposibilidad de escapar del absurdo, sino algo más incómodo: la incapacidad de sostener, sin vértigo ni recaídas, la sospecha de que tal vez sí había una salida.

Es una serie de humor negro, porque el espectador obtiene gozo de la miseria de los personajes. Como decía Camus: “hay que imaginar a Sísifo feliz” y los Gallagher celebran su condición en fiestas caóticas, relaciones intensas, pero inestables y humor frente a la miseria. De alguna manera los personajes han interiorizado su condición y admiten el destino manifiesto de no poder salir del barrio y siempre fracasar; hacen del fracaso el vínculo que los identifica con el barrio; nadie ha salido del barrio y todos están destinados al fracaso.

A Fiona, por ejemplo; le atormenta el orden y la estabilidad, debe huir al caos de su casa porque en el caos está su zona de confort. Percibe la estabilidad como amenaza y al fracaso como familiar, el éxito es ajeno, siempre le pertenece al otro. Sísifo no solo está condenado a empujar la roca, sino que no se imagina sin ella.

En este sentido, los personajes de Shameless (EE.UU.) no se autodestruyen por una pulsión romántica hacia el sufrimiento, sino porque han sido arrojados —sin mayor ceremonia— a una estructura absurda que terminan por asumir como identidad; no fracasan porque no puedan escapar, sino porque no logran sostener, sin vértigo, la posibilidad de hacerlo. Son, en suma, versiones degradadas de Sísifo: empujan la piedra con disciplina casi ejemplar, pero sin alcanzar la paradójica libertad que Albert Camus reservaba para quien reconoce plenamente el absurdo. Y quizá ahí radica lo verdaderamente inquietante de la serie: no en mostrarnos que la salida es imposible, sino en insinuar, con una incomodidad difícil de disipar, que incluso cuando existe, algo —profundamente nuestro— se encarga de sabotearla.