En una sola mañanera, el gobierno protegió políticamente a un delincuente confeso, incurrió en afirmaciones falsas y, de paso, emprendió una operación de descrédito contra el exembajador de Estados Unidos en México. A partir de la información revelada por el periodista Luis Chaparro en el pódcast Pie de Nota, la Presidencia pareció encontrar más motivos para indignarse por una presunta violación de la soberanía nacional que para celebrar la captura de un personaje que durante décadas logró escapar de la acción del Estado mexicano. La discusión, además, sirvió para reforzar la narrativa de que el exembajador Ken Salazar mintió cuando aseguró que ninguna agencia estadounidense había participado en la operación.
La hipótesis más sencilla es, paradójicamente, la menos atractiva para quienes viven de las conspiraciones: que el embajador simplemente desconociera una operación clandestina ejecutada por agencias de inteligencia de su propio país. Después de todo, la compartimentación de la información existe precisamente para eso. ¿Violan este tipo de operaciones la Carta de las Naciones Unidas, la legislación estadounidense o incluso la Constitución mexicana? Es perfectamente posible. Sin embargo, esa discusión pertenece a un enfoque interdependentista que supone la existencia de un orden jurídico supranacional capaz de imponerse a los Estados soberanos. En el mundo real, donde las grandes potencias suelen practicar un curioso positivismo selectivo, la soberanía continúa siendo un concepto elástico: se invoca cuando conviene y se relativiza cuando estorba.
Lo verdaderamente revelador no es que ocurran operaciones encubiertas. Han existido desde que existen los Estados. Lo novedoso es que ya ni siquiera parezca necesario guardar las formas diplomáticas. Ese detalle, aparentemente menor, suele ser el síntoma de transformaciones mucho más profundas.
Desde la Antigüedad se discutía si existía un deber moral de obedecer a un poder tiránico. Si toda ley obliga por el simple hecho de existir o si, por el contrario, una ley injusta pierde legitimidad y puede ser desobedecida. De esa tradición filosófica surgió una conclusión incómoda: el poder deja de ser autoridad cuando se convierte en instrumento de la injusticia. Salvando las enormes distancias históricas, algo parecido parece reflejar la actitud de Washington frente al gobierno mexicano. Desde la óptica del presidente Trump, el Estado mexicano habría dejado de ser un interlocutor plenamente confiable para convertirse en un gobierno capturado, o al menos condicionado, por los intereses del narcotráfico. Si esa percepción es correcta o no resulta casi secundario; lo importante es que parece estar guiando la conducta de las instituciones estadounidenses.
Mientras tanto, el gobierno mexicano parece ensayar una campaña de vacunación preventiva contra un enemigo editorial que todavía no existe: las futuras memorias de Ken Salazar. El exembajador es presentado desde ahora como un mentiroso, quizá con la esperanza de que cualquier revelación futura llegue previamente desacreditada ante la opinión pública. No sería la primera vez que una operación política intenta destruir la credibilidad del mensajero antes de que aparezca el mensaje.
La secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, contribuyó a la jornada afirmando que el mismo día en que fue entregado Ismael “El Mayo” Zambada también se modificó la medida cautelar de Ovidio Guzmán. La afirmación no resiste una revisión mínima de los hechos conocidos. Ovidio Guzmán ha permanecido bajo custodia de las autoridades estadounidenses desde entonces; simplemente ya no se encuentra en la prisión metropolitana de Chicago porque fue incorporado a un programa de protección para testigos colaboradores, cuya ubicación, por definición, permanece clasificada.
Así, en una sola conferencia matutina, el gobierno consiguió un pequeño triplete político: proteger discursivamente a un delincuente confeso, difundir información objetivamente cuestionable y desacreditar preventivamente a un diplomático cuyo mayor pecado podría consistir en escribir unas memorias demasiado detalladas. No está mal para una conferencia que, en teoría, existe para informar.