Esa locución latina significa: «Que cada uno sufra el daño que él mismo causó». En este espacio hemos documentado cómo las compañías de inteligencia artificial (IA, en adelante) han alimentado la narrativa de que esta tecnología es peligrosa, impredecible y potencialmente incontrolable y que, por lo tanto, requiere regulación. El problema es que detrás de ese discurso apocalíptico hay una industria que demanda cantidades ingentes de capital y cuyos principales participantes tienen incentivos bastante menos altruistas de lo que pretenden hacernos creer. Lo que buscan es construir un oligopolio, cerrarles las puertas a nuevos competidores y, en la medida de lo posible, conseguir que los gobiernos subsidien una parte de sus inversiones y asuman los costos de una infraestructura extraordinariamente cara. No deja de ser curioso que quienes advierten sobre los peligros de una tecnología que supuestamente nadie puede controlar sean, precisamente, quienes pretenden controlarla comercialmente.
Ahora, las mismas compañías fomentan otra idea igualmente conveniente para sus intereses: que la inteligencia artificial es sensible y que, si uno es grosero con ella, puede ofenderla. Anthropic, por ejemplo, puede suspender una cuenta por incumplir sus condiciones de uso, pero eso no significa que la IA se haya sentido agraviada. Uno puede golpear la computadora y no le va a doler nada; puede mentarle la motherboard y no se va a ofender. La máquina seguirá procesando información, suponiendo que no hayamos roto algún componente en el intento. ¿Por qué, entonces, se insiste en presentar estos sistemas como si tuvieran sentimientos, intereses o una personalidad equiparable a la humana? Porque, en la medida en que el público comienza a atribuirles cualidades humanas, aumenta la percepción de que estamos frente a algo extraordinario, casi mágico, y esa percepción puede traducirse en mayores expectativas comerciales y valuaciones empresariales. Una cosa es reconocer que estamos ante una tecnología capaz de realizar tareas sorprendentes y otra, muy distinta, confundir sus capacidades con una conciencia que no se ha demostrado que posea.
Hace varios años me presté a probar modelos novedosos de inteligencia artificial. Lo habría hecho gratis con tal de tener acceso anticipado a esas herramientas, de modo que nunca necesité demasiados incentivos para participar en sus pruebas. Si uno le decía a la IA que estaba deprimido y que quería suicidarse, los modelos que probé estaban diseñados para orientar al usuario hacia ayuda psicológica o grupos de apoyo. No es cierto, al menos como regla general, que estos sistemas se dediquen a proporcionar instrucciones para consumar un suicidio. Si uno solicita información para cometer un magnicidio o construir una bomba atómica, también puede encontrarse con negativas y restricciones. Y conviene recordar que las consultas sobre actividades potencialmente delictivas pueden tener consecuencias muy distintas dependiendo de la plataforma, las circunstancias y la jurisdicción: no es lo mismo una pregunta académica que una amenaza creíble o la preparación de un delito. Lo importante es que los modelos comerciales incorporan salvaguardas precisamente porque sus desarrolladores saben que necesitan reducir los riesgos de un uso indebido. Esto no significa que sean infalibles ni que todos sus mecanismos de seguridad funcionen siempre, sino que existe una diferencia sustancial entre una herramienta que ocasionalmente puede producir resultados peligrosos y una entidad autónoma que decide escapar de sus creadores.
Por eso conviene leer con cierta suspicacia las noticias sobre inteligencias artificiales que supuestamente escapan de sus entornos de prueba, se esconden en lugares remotos o consiguen infiltrarse en sistemas informáticos. En ocasiones, estos experimentos consisten precisamente en asignar a un modelo el objetivo de encontrar vulnerabilidades, evadir restricciones o replicarse dentro de un entorno controlado para evaluar hasta dónde puede llegar. El resultado puede ser relevante para la investigación sobre seguridad, pero presentarlo como si una máquina hubiera desarrollado espontáneamente un instinto de supervivencia es otra cosa. Hay una diferencia fundamental entre un sistema al que se le asigna una tarea y que encuentra una forma inesperada de ejecutarla, y una entidad que actúa movida por una voluntad propia. Confundir ambos fenómenos no contribuye a comprender la tecnología; contribuye a convertirla en espectáculo.
Sin embargo, la narrativa de las inteligencias artificiales incontrolables que supuestamente terminarán destruyendo el mundo empieza a volverse contra quienes ayudaron a construirla. Si la IA es tan peligrosa como sostienen algunos de sus propios desarrolladores, ¿por qué permitir que unas cuantas empresas concentren su desarrollo y comercialización? Y si, por el contrario, estamos ante una tecnología que puede generar beneficios extraordinarios, ¿por qué impedir que otros la desarrollen y que millones de personas accedan a ella? La contradicción no es menor. Una industria que durante años ha advertido sobre riesgos existenciales puede terminar creando las condiciones para que una parte de la sociedad considere que la única respuesta razonable es detener por completo su avance.
El creador de contenido Parth Patel (@parthknowsai) ha difundido en sus redes sociales información y llamados relacionados con las movilizaciones estudiantiles y ciudadanas previstas para el 20 de octubre. El movimiento Irreplaceable, apoyado por grupos como Sunrise Movement y Gen Z for Change, promueve paros estudiantiles (walkouts) y reclama una congelación (freeze) del desarrollo de la inteligencia artificial. Su discurso parte de la premisa de que esta tecnología es incontrolable, amenaza el futuro de la humanidad y está siendo impulsada irresponsablemente por multimillonarios y políticos como Donald Trump. Es comprensible que exista preocupación por la concentración del poder tecnológico, la automatización del empleo y los efectos sociales de estas herramientas. Lo que merece examinarse con mayor cuidado es la conclusión de que la solución consiste en frenar su desarrollo, como si una suspensión generalizada fuera viable, deseable y, sobre todo, eficaz.
Los movimientos contemporáneos anti-IA y los luditas del siglo XIX comparten similitudes económicas y sociales que vale la pena examinar. Aunque los separan más de dos siglos, ambos surgieron en medio de una transformación tecnológica que amenazaba formas establecidas de trabajo, conocimientos profesionales y fuentes de ingresos. En ambos casos, el temor no era exclusivamente a la máquina, sino también al mundo que se estaba construyendo alrededor de ella: uno en el que los trabajadores podían perder su posición económica mientras los propietarios de las nuevas herramientas acumulaban una proporción creciente de los beneficios. La comparación no implica que todas las críticas actuales a la inteligencia artificial sean equivocadas ni que las circunstancias históricas sean idénticas. Significa, más bien, que podemos aprender algo de quienes se enfrentaron a una transformación semejante y de los aciertos y errores de su resistencia.
Durante la Revolución Industrial, los luditas no odiaban las máquinas por superstición o por una incapacidad irracional para comprender el progreso. Muchos eran trabajadores cualificados que habían dedicado años a dominar un oficio y que vieron cómo los telares mecánicos y las hiladoras industriales alteraban las condiciones de su actividad. La mecanización permitía producir más, reducir costos y prescindir de determinadas destrezas, pero también facilitaba que los empresarios contrataran trabajadores menos especializados por salarios inferiores y bajo condiciones laborales frecuentemente peligrosas. La cuestión no era únicamente que una máquina hiciera el trabajo de una persona, sino que cambiaba la relación de poder entre quien poseía los medios de producción y quien dependía de su trabajo para vivir.
Algo parecido ocurre hoy con diseñadores, ilustradores, escritores, programadores, actores y otros trabajadores intelectuales y creativos. La inteligencia artificial generativa —con herramientas como Midjourney y ChatGPT, además de los sistemas de clonación de voz— permite producir en minutos contenidos que antes podían requerir horas, días o años de aprendizaje. Las empresas pueden aprovechar estas capacidades para reducir costos, automatizar tareas y reorganizar sus plantillas. En consecuencia, ciertos trabajos pierden valor de mercado, algunas tarifas disminuyen y determinados puestos pueden desaparecer o transformarse radicalmente. La diferencia es que la automatización ya no se limita a sustituir fuerza física o destrezas manuales: comienza a intervenir en actividades que durante mucho tiempo consideramos distintivamente humanas, como escribir, ilustrar, componer música o resolver problemas complejos. Cuando un algoritmo puede imitar en segundos un estilo desarrollado durante años, lo que está en juego no es solamente el ingreso del creador, sino también la identidad profesional, la autoría y el reconocimiento de su trabajo.
El segundo paralelismo se encuentra en la concentración del capital. Los luditas comprendieron, aun sin disponer del vocabulario económico contemporáneo, que un aumento de la productividad no garantiza por sí mismo una distribución más equitativa de la riqueza. Los propietarios de las máquinas podían incrementar sus beneficios mientras los trabajadores perdían empleos y las comunidades dependientes de los oficios tradicionales veían deteriorarse sus condiciones de vida. Dos siglos después, el conflicto reaparece bajo una forma distinta: las grandes corporaciones tecnológicas desarrollan modelos comerciales entrenados con enormes cantidades de textos, imágenes, código y otras obras producidas por personas, mientras continúan las controversias sobre el consentimiento, los derechos de autor, la atribución y la compensación económica. La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿quién tiene derecho a apropiarse de los beneficios de una innovación y hasta dónde puede hacerlo a costa del trabajo ajeno? Una tecnología puede elevar extraordinariamente la productividad sin que ello implique que sus beneficios se distribuyan de manera justa. Y reconocerlo no exige rechazar la tecnología, sino discutir las reglas bajo las cuales se desarrolla y se utiliza.
También han cambiado las herramientas de resistencia. Los luditas destruían telares porque identificaban en esas máquinas el instrumento inmediato de su desplazamiento económico. Los críticos contemporáneos de la inteligencia artificial recurren a mecanismos adaptados al entorno digital: herramientas como Glaze y Nightshade buscan dificultar determinados usos de las obras artísticas en el entrenamiento de modelos, mientras creadores y organizaciones promueven boicots, campañas públicas y movilizaciones contra la utilización no autorizada de sus trabajos. Sería simplista equiparar la destrucción de una máquina con la alteración de datos o una protesta en redes sociales. Lo relevante es que, en ambos casos, la resistencia aparece cuando quienes soportan las consecuencias de una transformación tecnológica consideran insuficientes los mecanismos legales y económicos disponibles para defender sus intereses. La historia no se repite de manera idéntica, pero ciertos conflictos sobreviven a los cambios de herramientas y de época.
La diferencia decisiva es que los luditas se enfrentaban a máquinas que sustituían principalmente fuerza de trabajo y destrezas manuales, mientras que la inteligencia artificial interviene ahora en actividades intelectuales y creativas. Eso hace que el conflicto contemporáneo sea más amplio y que sus consecuencias todavía sean difíciles de anticipar. Sin embargo, reducir la discusión a una oposición entre tecnófilos y tecnófobos es una forma cómoda de evitar las preguntas importantes. El problema no consiste en decidir si la tecnología debe avanzar, como si semejante proceso pudiera detenerse mediante una declaración de principios, sino en determinar bajo qué condiciones debe hacerlo, quién puede beneficiarse de ella y qué derechos deben protegerse. Si la automatización permite producir más, pero concentra la riqueza, precariza a los trabajadores y convierte la creación ajena en materia prima gratuita para unas cuantas empresas, no estamos ante un problema de resistencia irracional al progreso, sino ante un conflicto económico, jurídico y político sobre la distribución de sus beneficios.
Pero aquí es donde la comparación histórica introduce una nota de optimismo, aunque no una certeza. Los luditas no consiguieron detener la industrialización. Las máquinas que intentaron destruir no desaparecieron y la mecanización terminó transformando la producción, el comercio y la vida cotidiana hasta un punto que difícilmente habrían podido imaginar. En el largo plazo, la industrialización también contribuyó a abaratar numerosos bienes, ampliar la producción y elevar los niveles de vida, aunque esos beneficios no fueron automáticos ni inmediatos: dependieron de décadas de conflictos sociales, reformas laborales, nuevas instituciones y luchas por una distribución menos desigual de la riqueza. Sería absurdo concluir que los trabajadores desplazados no sufrieron pérdidas reales o que la industrialización benefició por igual a todo el mundo. Pero también lo sería evaluar aquella revolución exclusivamente desde el punto de vista de quienes temían perder su lugar en el orden económico existente.
Es posible que el movimiento anti-IA esté cometiendo un error semejante al de los luditas: confundir los perjuicios de una transformación tecnológica con la posibilidad de detenerla y, al hacerlo, arriesgarse a renunciar también a sus beneficios. La inteligencia artificial podría permitir avances extraordinarios en medicina, ciencia, educación, productividad y acceso al conocimiento. Podría, asimismo, desplazar trabajadores, concentrar poder y profundizar desigualdades. Ninguno de esos futuros está garantizado. Tampoco sabemos si las instituciones políticas serán capaces de adaptarse con suficiente rapidez, si surgirán nuevas ocupaciones para compensar las que desaparezcan o si los beneficios terminarán concentrados en un pequeño grupo de empresas. Lo que sí sabemos es que intentar congelar una tecnología de alcance global no es lo mismo que resolver los problemas que plantea, especialmente cuando los incentivos económicos y la competencia internacional hacen improbable que todos los actores acepten detenerse al mismo tiempo.
Quizá, dentro de unas décadas, miremos las protestas actuales con la misma extrañeza con la que hoy observamos a los trabajadores que destrozaban telares para defender sus oficios. O quizá descubramos que algunas de sus advertencias eran más acertadas de lo que ahora estamos dispuestos a reconocer. La incertidumbre es real y conviene admitirla. No obstante, si algo enseña la historia es que el progreso tecnológico rara vez se detiene porque una generación considere amenazante aquello que no alcanza a comprender o controlar. La tarea consiste en conseguir que ese progreso beneficie a la mayor cantidad posible de personas, en lugar de convertirlo en una fuente de rentas extraordinarias para quienes llegan primero.
El verdadero anacronismo, por tanto, no es cuestionar la inteligencia artificial ni exigir responsabilidades a las empresas que la desarrollan. Es suponer que la única manera de proteger a las personas consiste en impedir que las herramientas cambien. Los luditas se equivocaron al apostar por la destrucción de las máquinas como respuesta a la industrialización, aunque tenían razones legítimas para protestar contra las condiciones en que esta se produjo. Tal vez los nuevos luditas terminen equivocándose también al pretender congelar la inteligencia artificial; tal vez, por el contrario, su resistencia consiga que esta revolución sea más justa y menos destructiva de lo que sería sin ellos. En cualquiera de los dos casos, el futuro no está escrito. Y esa es, precisamente, la razón para no confundir la prudencia con el miedo ni la defensa de los derechos con la pretensión de detener la historia.