Mucha gente no sabe cómo era el pasado. Había un respeto ritual a la jerarquía. Las formas delataban la jerarquía de una persona. La forma es fondo, se decía. Cuando era niño, no podía jugar o hacer ruido cerca de la habitación de “mamacita”, mi bisabuela y matriarca de la familia, se debía guardar un silencio sacramental, no fuera a importunar su descanso. No es porque hubiera hecho algo sobresaliente de su vida, simplemente por la jerarquía se le veneraba como a una Santa.
Nuestra generación fue transgresora de las formas. En 1994, el Consejo de Alumnos del ITAM invitó al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del PRD a la Presidencia de la República, a dar una plática a los alumnos. Fue todo un escándalo, pues nadie le cuestionó sus postulados económicos, a todas luces equivocados. En 1988, el ITAM era territorio vedado para estas corrientes, no porque estuviera prohibido, sino porque las formas hubieran delatado alguna preferencia imperdonable. Para quienes asistimos a la inauguración del campus en Santa Teresa era toda una hazaña que Pedro Aspe hubiera logrado llevar al Presidente Carlos Salinas de Gortari a hacer el honor. Pues supuestamente, la familia Bailleres había apoyado a Alfredo del Mazo González, su contrincante, en las “elecciones” internas del PRI de 1988. No había “elecciones”, el dedo flamígero del Presidente señalaba al candidato y se acabó.
Cuando estudiaba en la UNAM, porque también estudié derecho en la UNAM, el profesor Alfredo Rios Camarena nos contaba que él estaba presente en el despacho presidencial de Luis Echeverría Álvarez, cuando la mamá de López Portillo llegó a agradecerle la nominación de su hijo. A lo que ágilmente respondió: “No me lo agradezca a mi, agradéceselo a las fuerzas vivas del Partido que se manifestaron a favor de su hijo”. La forma, antetodo.
En 1994 también fue Ernesto Zedillo al ITAM. Algunas reseñas, como la de Carola García y Leonardo Figueiras, dicen que el alumnado se dividía entre quienes apoyaban al PRI y al PAN; en realidad la diversidad era mayor, como lo demuestra la invitación al ingeniero Cárdenas. Los estudiantes se rebelaron ante el rígido esquema que no permitía cuestionar libremente al candidato, sino que “democráticamente” se insaculaban las preguntas de una urna. En aquella ocasión, nuestra compañera Ana Lucía Hill, le reclamó al candidato del PRI la falta de oportunidades, especialmente, para los herederos de la Revolución y de su ilustre pariente el General Benjamín Hill.
Pues volvimos a aparecer en los medios y se volvió a armar el desgarriate, aunque actualmente no se hallan muchas crónicas de ambos eventos en la red. Cómo era posible la osadía de interpelar al cuasi-Presidente de la República ante el rígido esquema para formular preguntas al candidato. Los relatos que quieren de una u otra forma denigrar la diversidad ideológica de nuestro instituto chocarán con la memoria de quienes vivimos esa época. De hecho, en aquella época nos burlábamos de que no encontrarías libros sobre marxismo o comunismo en la biblioteca del Tecnológico de Monterrey o del supuesto hecho de que habían expulsado a un alumno de los dormitorios del Tec por poseer semejantes libros prohibidos.
Fueron épocas de mucha convulsión y de cambio social. Con el asesinato del candidato del PRI; Luis Donaldo Colosio, también murió el viejo régimen. Ahora solo se recuerdan sus palabras rimbombantes llenas de aspiraciones para un mejor país. Pero detrás de esas palabras se ocultaban las formas que no permitían cuestionar al poder. Nosotros, en nuestro pequeño instituto, nos atrevimos a hacerlo.
Referencias:
García Calderón, Carola y Leonardo Figueiras Tapia. 2006. Medios de comunicación y campañas electorales (1988-2000). México: Universidad Nacional Autónoma de México / Plaza y Valdés Editores